Lapidas vadinienses

Entrado el siglo XX las numerosas lápidas encontradas (sesenta y cinco) han permitido fijar el ámbito geográfico de Vadinia. Las lápidas, que proceden de los siglos I a III de nuestra era, son grandes cantos rodados en los que se menciona a los propios autores, a sus familiares difuntos y a sus animales. Tres han sido encontradas en Riaño, una en La Puerta, otra en Carande, cinco en el valle de San Pelayo y otra en Loís.

La mayoría de ellas, cincuenta, han sido halladas en la actual provincia de León, y el resto, quince, en Asturias; éstas parecen más toscas y de época más tardía, lo que ha dado pié a concluir que la expansión de la población se dio desde la montaña leonesa hacia los valles asturianos, al ser las leonesas más refinadas y romanizadas. Esta argumentación reforzaría la tesis de una ciudad de Vadinia próxima a Riaño. La gran mayoría se pueden ver en el Museo de San Marcos en León.

El texto va encabezado, generalmente, con las fórmulas de consagración a los dioses manes, romanos, siguiendo estas abreviaturas: D(iis) M (anibus). D (iis) M (anibus) M (onumentum) y D (iis) M(anibus) M (onumentum) P(ositum). Sigue el nombre a quien se dedica la estela o lápida, junto con la filiación y adscripción, o no, a un grupo gentilicio, siguiendo el nombre del dedicante y la relación familiar o de amistad suya con el difunto. Finalmente se añade la fórmula de “Que la tierra te sea leve”, (Sit tibi terra levis) o “Aquí está enterrado” (Hic situs est). Suele también marcarse o indicarse  la edad del difunto.

La decoración se realiza a base de grabados figurativos de animales, caballo y ciervo, siempre de perfil con alguna figura humana esquemática; árboles ; decoración de tipo arquitectónico en forma de estela-casa; pautas interlineales, cierre de la estela con grabado continuo; torques, esvásticas; o rosa tetrapétala, etc.

Casi todos los autores coinciden, también, en identificar el árbol que aparece en las lápidas, con el tejo, ejemplar autóctono de los montes leoneses, y al que seguramente por su carácter de hoja perenne, reconocían en él un símbolo de la muerte (fruto venenoso) y una duración larga, que querían reflejar con una idea eterna en la lápida.


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